Vagabundos en Cuernavaca

Al caer la noche la plancha del zócalo de Cuernavaca concentra a sus inquilinos permanentes. Sus rostros asoman y serpentean por la oscuridad, su principal aliado. Ninguno escapa al dolor de la vida, a las cicatrices de las frustraciones y los pasajes aciagos de la desintegración familiar. Al calor de la droga y el alcohol sus labios quemados por la adicción se laxan y surgen confesiones crudas sobre su vida. Uno de ellos, joven, rostro maltratado por la droga, se erige retador cuando exclama:

“Si te pones en mis zapatos, neto, te apuesto que te meas”. 

Venido de la delegación Iztapalapa, Distrito Federal, el joven tiene como única herencia el maltrato intrafamiliar, la adicción al alcohol y las drogas. “Mi mamá también era alcohólica, drogadicta guey, también se quedó en la calle cabrón. Mi abuela también le rompió la madre como me la rompió a mi”, dice el joven cuya voz se quiebra y permite que su vista se nuble por las lágrimas que demandan su salida. Otro hombre de aproximadamente 40 años evoca aquellos tiempos cuando trabajaba y reunió dinero suficiente para comprar una casa en Zacatepec, pero la soledad lo sometió y determinó gastar su dinero en el alcohol y en la única compañía que ha conocido: sus amigos. A la distancia asegura que esta rehabilitado, tiene familia y piensa distinto. Es, acaso, la excepción del grupo. Entre los “chavos urbanos” como le llaman un representante religioso deambula una mujer que supera los 50 años de edad. Cara ajada por el tiempo, la droga, el alcohol. “Cuando tenía dos años me tiraron mis hermanas”, externa secamente como si contara El representante religioso convive con ellos. Los conoce bien porque cada domingo lleva 250 tortas y por lo menos seis bultos de ropa para distribuirla entre los chavos de la calle. “Son jóvenes y entre ellos esta el ‘viene viene’, otros que no hacen nada solo se mantienen en la droga. Viven en la calle y algunos han pasado varios años abusando del alcohol y las drogas, y es cuando empiezan a tener problema de conducta, sicológica y de olvido. “No tienen la culpa, ni eligieron ser así, sino que en toda la sociedad hay un grupo segregado que se produce de muchas formas. A veces por padres que han perdido los valores y que los chavos quedan a resueltas de la desintegración familiar. Son un grupo de alto riesgo”, sentencia el religioso. Y así en medio de la noche comienza el jolgorio para este grupo social, pronto comenzarán su deambular por las calles en busca de comida, droga o alcohol. Otros elegirán un rincón en comercios, puentes o mercados para dormir la mona. 

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